Chile: el camino trazado en la lucha popular


 

En memoria del compañero

Rene Tapia fundador de COAPO

 

18 noviembre 1983

 

La lucha popular en resistencia en los 80, logro unir a diversos sectores políticos, gestándose un estado de rebelión popular, que fue acorralando a la dictadura de Pinochet.

… en la década de los 80 el modelo económico mostró sus fisuras. Desde los años 30 que Chile no vivía una recesión tan aguda. “El desempleo efectivo estuvo sobre el 24% durante cuatro años consecutivos (1982-85), alcanzando un nivel máximo de 31.3% en 1983. El salario real promedio se redujo casi un 20% y estuvo deprimido por un largo período; el ingreso mínimo líquido se redujo en un 40%” (Meller: 255). La crisis económica, la cesantía, el hambre, y el clima agobiante de injusticia fue demasiado, cuando los chilenos poco a poco se sobrepusieron del gran impacto y terror que produjo el golpe de Estado, fue evidente lo que hasta entonces estaba silenciado: el régimen de Pinochet no había logrado el objetivo explícito de “despolitizar” a la sociedad chilena…fue el hambre, la cesantía y los problemas sociales, los que impulsaron las movilizaciones, las primeras huelgas de trabajadores: INSA (Industria Nacional de Neumáticos ) en Maipú , la combativa huelga de Textil Panal en octubre de 1980 por 59 días con manifestaciones callejeras, huelgas de hambre, atrayendo solidaridad de estudiantes universitarios. O la combativa huelga de los 9 sindicatos de El Teniente por 40 días en abril de 1981… huelgas que rompieron la legalidad fascista —entre ellas la de Colbún—Machicura-, manifestaciones estudiantiles, las tres marchas del hambre sucesivas en Santiago y en numerosas ciudades durante el año -el 19 de agosto, el 30 de septiembre y el 15 de diciembre (de 1982), innumerables marchas de hambre en poblaciones y comunas.. Sin olvidar , la combativa huelga de 59 días de los trabajadores de Madeco en 1983…

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El rol de los estudiantes fue clave, al igual que la participación del movimiento poblacional…

A partir de 1983 comenzaron las Jornadas Nacionales de Protesta, en abierta oposición al modelo económico instaurado y el nuevo proceso de despojos, privatizaciones y marginación protegida por el autoritarismo político. El 11 de mayo de 1983, obedeciendo a una iniciativa de la Confederación de los Trabajadores del Cobre (CTC) por primera vez se protestó coordinada y masivamente contra la dictadura. “Nuestro problema no es de una ley más o una ley menos” – fue la consigna de esa primera convocatoria- “sino que es mucho más profundo y medular: se trata de un sistema económico, social, cultural y político que nos tiene envueltos y oprimidos, que se contradice con nuestra idiosincrasia de chilenos y de trabajadores, que nos ha tratado de asfixiar con armas como el temor y la represión para cada vez envolvernos más, porque no lo sentimos, porque no se acomoda con nuestra manera de vivir, porque nos fue impuesto a la fuerza y con engaño”.[22] Esta primera declaración tocaba una fibra íntima, no se trataba solo de una estructura productiva tampoco de “una ley más o una ley menos”, sino de algo mucho más amplio, un sistema “que nos tiene envueltos y oprimidos”, experimentado como algo foráneo, ajeno e impuesto: “No lo sentimos, porque no se acomoda con nuestra manera de vivir”, expresaban los trabajadores.

 

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Las protestas contra la dictadura fueron persistentes, obstinadas y en eso estaba su radicalidad, junto a ellas se fortalecieron organizaciones, nacieron otras tantas, se hicieron visibles fuerzas aparentemente dormidas. Fue un largo y pausado recorrido que costó represiones inimaginables y esfuerzos cotidianos, microscópicos primero y masivos después, hasta que poco a poco un pueblo humillado y reprimido se vio a sí mismo alzando la voz, rayando paredes, imprimiendo panfletos, golpeando cacerolas, armando barricadas y soportando las consecuencias que seguían como correlato. Las Jornadas Nacionales de protesta tuvieron réplica mensual hasta la instauración del Estado de Sitio en noviembre de 1984, fecha que “coincide” con la reconquista y elección democrática de la Federación de Estudiantes de Chile (FECH) y que pese a las dificultades con sus cúpulas partidarias había conseguido levantar la unificación de la oposición.

 

Era el 6 de noviembre de 1984 cuando el Capitán General Augusto Pinochet, anunciaba más medidas represivas… “Ejerciendo las atribuciones que me confiere la Carta Fundamental, he decretado, a partir de esta fecha, el Estado de Sitio en todo el territorio nacional para poner fin a la criminal escalada terrorista y subversiva y para impedir alteraciones del orden público como las que han venido afectando a la tranquilidad ciudadana”.

Después de un mes en Estado de Sitio, la FECH denunciaba las consecuencias experimentadas por seguir oponiendo resistencia: 55 amedrentamientos a estudiantes; 27 ataques de fuerzas especiales a sedes universitarias; 25 universitarios heridos por proyectiles (balines o balas); 13 violaciones de recintos universitarios por parte de las fuerzas policiales; 9 suspensiones parciales de actividades y 4 cierres de semestre; 54 estudiantes procesados por fiscalías militares y 3 por juzgados de policía local; 74 expulsiones de estudiantes de sus respectivas carreras; 48 relegaciones de estudiantes; 532 estudiantes detenidos masivamente y 31 detenidos en forma selectiva. Entre los expulsados y relegados figuraban 40 dirigentes estudiantiles …

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El Estado de Sitio se imponía para pacificar -otra vez- a un movimiento popular que parecía irrefrenable. En el caso de los estudiantes el alza en la organización hasta reconstruir las federaciones democráticas, fue constatable a partir de 1983 con la elección de algunos centros de alumnos, la realización de asambleas con la participación de dirigentes sindicales y poblacionales, marchas, barricadas y fuertes enfrentamientos con carabineros; también encuentros artísticos, murales multicolores, peñas y poesía. Desde la primera Jornada de Protesta, la movilización estudiantil tuvo un lugar destacado con su ausencia en las aulas y altos grados de confrontación; desde temprano en facultades y liceos se escuchaban gritos y risas, vidrios rotos y guitarras que cantaban contra la dictadura y su modelo de educación. Según informes de la Vicaría de la Solidaridad, durante 1983 el porcentaje más alto de reprimidos la ocupaban los obreros con o sin trabajo, -gran parte de ellos pertenecían a los llamados Programas Transitorios de Empleo – seguidos por estudiantes de enseñanza media y universitaria: “En ambos sectores, por lo demás, la represión, por violenta que sea, no produce necesariamente el efecto amedrentamiento generalizado que antes podía esperarse. Por el contrario, en no pocas ocasiones desata el efecto inverso […] El miedo o el temor, que en los años previos acompañaba inseparablemente a casi todos los fenómenos represivos, ha ido cediendo paso a una actitud distinta”. El miedo comenzaba a perderse en la población…

 

El germen de los “agitadores” resurgía con fuerza en la vida social. Como pesadilla. Ni las reformas, ni la intervención militar ganaban en el mundo del pensamiento. El 6 de octubre de 1983 se realizó el primer paro nacional estudiantil. Los universitarios de entonces exigían la democratización de la universidad y el término de los rectores delegados; el término de la represión y los Servicios de Seguridad en la Universidad; la derogación de la Ley General de Universidades; y el rechazo a cualquier otra ley generada a espaldas de la comunidad universitaria. Los secundarios se organizaban contra el cambio de la administración en la educación que traspasaba la responsabilidad y destino de escuelas y liceos a las Municipalidades, la persecución a las disidencias dentro de sus planteles y al igual que los universitarios, exigían la incorporación de todos los estudiantes expulsados y académicos exonerados y la democratización de la organización estudiantil.

En 1986, comenzó el proceso de desvío, buscando desplazar el protagonismo de las organizaciones de los trabajadores.. Tras el fin del Estado de Sitio que rigió en 1985 y el inicio del proceso que culminaría en el Plebiscito de 1988, la coyuntura que se abría estaba marcada por el protagonismo de las fuerzas políticas, que después formarían la Concertación, produciéndose un repliegue al trabajo sindical de base y tareas internas.

 

Las Jornadas de Protesta, impulsadas por las organizaciones sindicales de los trabajadores (y después desplazado el protagonismo social a otros sectores como las poblaciones y los estudiantes), mostró la fuerza de los trabajadores y sus organizaciones sindicales, su amplia capacidad de convocatoria. Sobre todo, su capacidad y rol en la resistencia a la dictadura. Su potencial social y político como clase. Su capacidad de hegemonía impulsando alianzas de clase con otros sectores explotados y oprimidos.

 

Pero fue desviada esta lucha. El mayor límite, la falta de un partido revolucionario de la clase trabajadora, con una política independiente de todo partido patronal. Por el contrario, eran esos partidos los que terminaron imponiéndose.

Los universitarios protestaban desde y en los alrededores de sus facultades; los secundarios marchaban y se enfrentaban principalmente en el centro de las ciudades, principalmente Santiago, pero ambos sabían que no podían desvincular sus demandas sectoriales de la lucha por democratizar la sociedad, porque sencillamente una era condición de la otra. El proyecto educativo de los militares, la derecha y el capital, era el espejo de un ordenamiento de la sociedad y contra la imagen espeluznante que ese espejo proyectaba, los estudiantes se rebelaron. Fueron miles, miles que podemos recordar y pensar a través de nombres que a esta altura son símbolos. En septiembre de 1983 fue ratificada la expulsión de Eduardo Vergara Toledo, de la Academia Superior de Ciencias Pedagógicas de Santiago; las palabras que había pronunciado seguramente encaramado sobre un tambor de basura, un árbol o cualquier escenario improvisado en la manifestación estudiantil del 23 de agosto eran peligrosas para la dictadura y sus rectores. “En la ocasión de los disturbios”, las autoridades del Pedagógico lo consignaron como “autor de un discurso de agitación estudiantil de evidente contenido disociador”. Eduardo fue expulsado, junto a Alicia Lawner y Abelardo Montenegro, por poner la bandera nacional a media asta en honor a los 31 asesinados durante la Cuarta Jornada de Protesta, cuando Augusto Pinochet advirtió que Santiago estaba rodeado por 18 mil militares con órdenes para actuar, y cumplió el horror de su promesa.

 

Eduardo Vergara y sus compañeros pidieron a la Ministra de Educación de entonces, Mónica Madariaga, la revisión de sus casos, pero no sólo pidieron por ellos y otros alumnos sancionados, sino que aprovecharon la instancia para solicitar públicamente que la “Academia vuelva a ser incorporada a la Universidad de Chile y que finalice el desmantelamiento de la Biblioteca Eugenio Pereira Salas”.[25] Dos semanas después, al regreso de las vacaciones de fiestas patrias -que se habían adelantado para prevenir los “desmanes” de las jornadas de septiembre- fue expulsado del Liceo de Aplicación, su hermano menor, Rafael Vergara Toledo, junto a Fernando Delgado. Se organizó entonces un marcha de cientos de secundarios por el centro de Santiago pidiendo justicia, también un ayuno de 48 horas y el intento de toma del Liceo de Aplicación por estudiantes secundarios en el transcurso del paro nacional de estudiantes.

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Ante la fuerza del movimiento estudiantil, el 20 octubre la editorial El Mercurio argumentaba en favor de un reciente discurso de Augusto Pinochet en contra de la gratuidad en la educación “promovida por el comunismo” y que revivía con el movimiento de protesta. En sus párrafos se lee: “El Jefe de Estado planteó la atracción de la consigna de la total gratuidad de los estudios desde el nivel básico hasta el universitario, constantemente voceada por los impulsores de dicho movimiento, quienes, por lo demás, lo hicieron durante las dos últimas décadas, en especial en el período de la reforma, origen de males aún no superados en los claustros… Una de las medidas acertadas de la actual Administración fue concluir con la gratuidad de los estudios, configurando a la vez, mecanismos de crédito fiscal para aquellos alumnos de recursos limitados que no estuvieran en condiciones de costear de contado su permanencia en alguna carrera. El activismo político de diverso cuño se ha visto reducido sustancialmente, porque a los educandos del nivel superior, a diferencia de lo que ocurría en otra época, debe importarles su rendimiento académico, pues la repitencia tiene un costo”.[26] De volverse a instaurar la gratuidad, sostenía El Mercurio, el activismo se intensificaría. He ahí la gran advertencia que se repetía insistentemente.

 

Eduardo y Rafael participaban en organizaciones políticas, estudiantiles y poblacionales, sintetizaban todo lo contrario al modelo de ser humano que proyectaba el individuo neoliberal, eran seres “inteligentes, pensantes, críticos, políticos y subversivos”, como los define su orgullosa madre. Por eso los persiguieron, acosaron y mataron el 29 de mazo de 1985 mientras participaban en una jornada de protesta en la Villa Francia. Por eso en Chile, se conmemora cada marzo, “el día del joven combatiente”. A Eduardo y Rafael los mataron protestando y conmemorando la muerte de su amigo y compañero asesinado un año antes, otro 29 de marzo pero de 1984. Fueron muchos los jóvenes que cayeron en esos días de protesta callejera. Días y noches de protesta tan reiterativa y obstinada que para los que estaban afuera o miraban desde arriba llegaron a ser “solo una protesta más”, que rayaba en lo rutinario. En cambio, para los que exponían el cuerpo, la energía y la vida, para los que creían que el individuo se constituye dentro de un proyecto y complicidad colectiva, significaba toda la vida. Así de literal. Inspiración y parte de una generación que dio la pelea por otro proyecto de sociedad, de educación y de vida, que se rebelaron contra la despolitización y el arréglese quién pueda que promovían las nuevas reglas y sus modernizaciones.

 

Entre marzo de 1985 y octubre de 1987 hubo aproximadamente otras diez jornadas nacionales de protesta, además de concentraciones masivas, marchas, tomas de liceos y universidades, conciertos musicales de protesta e innumerables expresiones de rechazo al régimen. A pesar del desgaste propio de un estado de movilización tan prolongado, a esos que protestaron “fuera, en contra y a pesar de la institucionalidad” nunca pudo sacudírselos el régimen ni tampoco pudieron ser completamente “dirigidos” hacia los conductos racionales, sobrios y modernos que exigía la fase de diálogo con el régimen que encabezó la Alianza Democrática (AD), futura Concertación. Si bien hasta mediados de 1980, el retorno a la democracia, la impugnación al modelo económico de la dictadura, la derogación de la ilegítima Constitución de 1980 y la necesidad de crear una Asamblea Constituyente era la plataforma básica reivindicatoria de toda la oposición, poco a poco la AD fue deslizándose hacia una política más pragmática que le permitiese maniobrar y encabezar la transición dentro del propio sistema. En cuanto a las protestas especialmente protagonizadas por jóvenes pobladores y estudiantes, los “teóricos de la transición” consensuaron que “las protestas habían cambiado completamente de naturaleza”, por lo tanto habían dejado de tener sentido, de ahí que la transición fuese “un escenario apto para los partidos, no para los movimientos sociales”.

Para graficar esta visión prestemos atención al testimonio de Genaro Arriagada, militante Demócrata Cristiano y fundador de la coalición política que gobernó Chile desde 1989 hasta 2009. “Los sectores medios habían empezado a sustraerse del movimiento ya a comienzos de 1984, como lo indicaba la disminución de la acción contestataria en los barrios residenciales… las protestas se habían transformado, cada vez más, en un movimiento de “pobladores”. Ellas eran, ahora, demostraciones que no tenían apoyo efectivo ni en el sindicalismo ni en sectores medios y quedaban reducidas a la acción militante de estudiantes, jóvenes pobladores y desempleados urbanos (…) Las protestas devinieron en desorden y en una forma de violencia ambiental, irreflexiva. Situación que se agravaba por la acción represiva del gobierno.”

Cuando en 1989 regresó la democracia, cuando “lo político” regresó al país ocupando puestos en el gobierno, repartiendo cargos, realizando campañas legislativas y comunales, las protestas y las luchas de carácter confrontacional fueron relegadas de la historia de la reconstrucción democrática “por su fracaso”, “estancamiento”, “contrasentido”, que perturbaba una imagen de país sin disputas, con buena convivencia y camaradería. En los canales oficiales, la lucha contra la dictadura se contrajo, se resumió al reclamo por el traspaso de un gobierno militar a uno civil. Con eso sería suficiente, con eso y las pausadas reformas que si bien promovieron algunos beneficios como el aumento en el gasto público para disminuir la pobreza extrema y el desarrollo de obras públicas, en los sustancial no modificaban la estructura legal y económica heredada por la dictadura.

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Pero las jornadas de protestas y la lucha popular fueron mucho más que eso y es bueno hacer memoria. En Chile, durante la década de 1980 se protestó masivamente contra el modelo impuesto y sus perjudiciales efectos en la vida de la gente, sí, sus protagonistas fueron mayoritariamente los pobladores y estudiantes, ellos fueron los obstinados y repetitivos. También los más violentos y violentados. Entre ellos hubo cientos de muertos y heridos, golpeados y relegados, sancionados y expulsados, miles de detenidos. Escuchemos la experiencia de una pobladora que durante esos años había soportado la larga cesantía de su esposo y el hambre de su familia: “Patricio salía a buscar y no encontraba nada. Llegué a pensar que era flojo y que no quería trabajar…. En las noticias hablan de gente que han torturado; yo creo que nos han torturado a todos igual, lo han hecho de diferentes maneras, pero para todos ha sido una tortura. ¡Hemos soportado tanta, tanta miseria!… ¡Las protestas me han dado ánimo! Ha sido como un desahogo, un incentivo para pensar que puede haber algo mejor. La última vez, parecía carnaval porque todo el mundo salió a la calle”.

 

En definitiva, las transiciones que la historia de los triunfadores tiende a abreviar, han sido más largas, llenas de conflictos. Como hemos visto en este recorrido, esta, “la chilena”, marcó una transformación profunda, un reordenamiento cultural y estructural que cambió las formas de la vida y de relación estatal gestadas en el transcurso del siglo XX. La oposición y la desobediencia ante ese nuevo proceso de despojos, privatizaciones y marginación nació desde un esfera íntima y profunda, requirió de la complicidad entre generaciones, de sus memorias e historias, imposibles de borrar por medio de un decreto militar o un relato oficial. Porque esa complicidad no sólo se refiere a la lucha por mejores salarios o mayores beneficios sociales, la experiencia condensa el desarrollo de lazos, redes y organizaciones cotidianas, una sedimentación histórica a veces silenciosa… hasta que el momento llega y una generación dice: “hasta aquí aguantamos”.

…para algunos analistas políticos; el paro de octubre de 1984 fue expresión de una coyuntura en donde la iniciativa política estaba en manos de la oposición, generando “una verdadera crisis de ingobernabilidad, sin que exista capacidad de la oposición para revertirla en su favor”. La imposición del Estado de Sitio el 6 de noviembre de 1984, se dice, tuvo éxito en detener las movilizaciones gracias a “la ausencia de acuerdo político… las protestas nacionales no eran fruto de una combatividad natural proveniente “desde abajo”, sino que era resultado de la labor agitadora de los partidos políticos. (AGP).

Con todo, evidentemente fue novedosa la radicalidad de la lucha de masas, especialmenteen el mundo poblacional, en donde alcanzó niveles superiores al registrado en otros frentes de masas, como el estudiantil o sindical. Esto es importante señalarlo, porque el desplazamiento del protagonismo de las protestas fue pasando de los sindicatos a las poblaciones. Es decir, convocaban las organizaciones sociales “tradicionales” y partidos políticos, pero el fuerte de las acciones contra el régimen y también en donde éstas eran más radicales, ocurría en las poblaciones”.

Esta capacidad de organización y de lucha, terminaría por alertar a los partidos políticos, que prontamente buscarían los acuerdos pactado con la dictadura.

 

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