Chile…a 40 años del golpe militar


 

 

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Armando Romero

Reportero Sin Frontera

 

 

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…a 40 años del sangriento golpe militar en Chile, se hace imperioso enfrentar esta realidad…de una sociedad aletargada en la memoria colectiva, una sociedad ensimismada en esta cultura individualista del consumismo, una sociedad donde la impunidad se ha institucionalizado, una sociedad sometida a una constitución fraudulenta, impuesta y consensuada en la mal denominada transición, que obedeció a los acuerdos pactados por los partidos políticos chilenos…”en la medida de lo posible” sepulto esa alegría, que nunca llegaría…

 

 

Chile un país con vista al olvido consensuado…la rebelión popular de los 80, forjo un ideario de resistencia, de lucha y organización popular…desde el movimiento universitario y de los pobladores, se fue aunando  un referente social de masa, que no pasaba necesariamente por el control vertical de los partidos políticos…una fuerza propia que emergía desde el mundo clip_image003
poblacional…articulando la unidad del pueblo  organizado.

 

…las necesidades antropológicas de la población comenzaban a canalizarse, a través de la autogestión popular, nacían organizaciones territoriales, los cordones poblacionales, los sindicatos de trabajadores temporales, la organización sindical comenzaba a transitar hacia su reconstrucción….los partidos políticos instrumentalizaban estas instancias de organización, influyendo en su accionar y participación de resistencia a la dictadura.

 

…en América Latina los regímenes dictatoriales tenían sus horas contada…comenzaban nuevos vientos libertarios.    Con sus secuelas de horror y de muerte, de represión y silencio, de exilios y regresos, las últimas dictaduras militares del cono sur han proporcionado y aún proporcionan temas abundantes en la literatura, en la sociología y antropología…en Argentina los represores criminales, fueron enjuiciados y condenados, sin recibir tratos especiales, como aconteció en Chile, donde la impunidad se transformó en silente voz de los acuerdos.

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Los arreglos suscritos por la Mesa de Diálogo, estaba bajo esa lógica perversa de la impunidad… la reducción del genocidio social realizado por la dictadura al asunto de los desaparecidos, olvidando en el camino los cientos de ejecutados, los cientos de miles de torturados, exonerados, proscritos, los millones de exiliados y desarraigados. Luego, el nuevo intento por disfrazar al terrorismo de Estado de acciones individuales, de vulgares crímenes “de algunos agentes de organismos del Estado”, para salvar así las responsabilidades institucionales y políticas de los militares y civiles que transformaron el terror y el crimen en programa sistemático y cotidiano…en los comienzo de los 90 se institucionalizaba una política de los acuerdos, a costa de decretar la impunidad y el olvido…desde el PS se articulaba la represión y desarticulación de los movimientos revolucionarios…la “oficina” fue la continuadora de la DINA-CNI.

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A fines de los 80 la izquierda revolucionaria comenzaría a transitar por el camino de la división…diversos factores influirían en esta desfragmentación del campo popular. Esta historia oficial dice que todos fuimos culpables, que el golpe y el terrorismo de Estado se produjeron porque no nos portamos bien, porque no hicimos caso de las enseñanzas de nuestra “tradición democrática” y quisimos tomar lo que no se podía tomar.

 Se instala en el imaginario colectivo la idea, que es  igual la violencia terrorista del Estado genocida y la resistencia popular, ejercida por la resistencia armada a la dictadura, un accionar heroico de luchadores clip_image008
sociales y políticos. Es necesario insistir una y otra vez en que la construcción de tal narrativa oficial como única verdad tiene dos sentidos profundos y complementarios. Por un lado, travestir lo que fue el proyecto del poder y las clases dominantes -proyecto de destrucción de aquellos sujetos populares auto constituidos como una fuerza capaz de transformar la sociedad de raíz en beneficio de todos y en contra de sus intereses-, en una responsabilidad de toda la sociedad.

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En esta metamorfosis se silencian las complicidades de los civiles que le soplaban la oreja a los militares (incluidos muchos que hoy se presentan como demócratas), se calla el que los militares operaron como el brazo armado de la restauración de la hegemonía de las clases dominantes, y se demoniza y responsabiliza de paso a los militantes populares. Es claro que en las luchas del campo popular hubo errores e inconsistencias serias, cuyo debate riguroso es una condición para las luchas de hoy, a 40 años se hace imprescindible dar esa mirada, con un mínimo de veracidad de ese debate de cara a la verdad y la reivindicación del sentido de aquella lucha, del campo popular.

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La historia oficial opera sobre el presente. Este, injusto, impotente y triste, por ser el producto mismo de la victoria del proyecto del poder, se trata de legitimar como lo único posible y deseable. Lo que nos dice sin decirlo es más siniestro: recuerden lo que puede pasar si se sacan los pies del plato, si hoy actuamos por fuera de lo que norma la “democracia” impotente. La historia oficial así construida actúa sobre el presente castrando las potencialidades de movilización y auto-organización, mediante el recurso permanente a la cadena del terror que dejó inscrita el genocidio en el cuerpo y la memoria de cada uno de nosotros…esa perversa política de los acuerdos, fue cimentada con engaños por la clase política chilena…acá de lo que se trata es mantener el poder, a costa de acuerdos y pactos de gobernabilidad…con una constitución y sistema binominal, que beneficia esos acuerdo y consagra esta democracia protegida.

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A 40 años… Contra la política del olvido, o de la memoria débil y meramente piadosa, construir una  política de la memoria fuerte, del recuerdo de las capacidades populares a lo largo de nuestra historia. Frente a la demonización de los caídos, rescatarlos en su calidad humana y política como una fuerza material que actúa junto al pueblo. Contra la historia oficial, historia del poder y sus servidores, la producción colectiva de una historia alternativa, crítica, nuestra. Y no como historiografía cronológica, sino como práctica, como acción cuestionadora y transformadora del presente…ser capaz de auto gestionar el presente…lejos de resignarnos,  asumir un rol activo en las movilizaciones, en los desafíos de unir la lucha social, política y popular. No esperar más lo que venga de arriba y organizarnos nosotros mismos por abajo.

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